Mario Méndez—
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| La maestra suplente |
No diré mucho de la charla, porque pronto
será desgrabada y subida al sitio de Eterna (y, ay, vaya a saber lo que uno
dice al calor de la conversación y el intercambio). Pero sí quiero decir que me
quedé con las ganas de compartir una poesía, que amenacé en un momento con
leer, y al final me olvidé. Una poesía que venía a cuento de uno de los ejes de
la conversación: los libros alados, metáfora por aquellos libros que nos
hicieron volar, que nos metieron en la literatura, en la lectura y en la
escritura. O, como muy lindamente dijo Sandra, los libros anclados, aquellos
que se nos quedaron dentro del pecho.
En un momento, cuando hablábamos de esos
libros que se nos hicieron carne, de la niñez y de la escuela como la gran
ocasión (Graciela Montes dixit), yo recordé una anécdota de mi séptimo grado,
en una escuela de Temperley, en 1978. Había llegado una maestra suplente, joven
y linda como suelen ser las suplentes, de la que muchos nos enamoramos, también
como suele pasar.







