Osvaldo
Riganti—
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El monumento |
La
libre navegación de los ríos era la cuestión esencial. Los países imperiales ya
habían fracasado en 1837 en su intento por crear una republiqueta mesopotámica
para internacionalizar los ríos argentinos, con el objetivo de disponer un
mercado al arbitrio de ellas.
A
tal fin al llegar Aberdeen al gobierno inglés elucubró una política
expansionista Enviaron a estas tierras al lord Mandeville, que tropezó con la
respuesta de Rosas: “Cualquier cosa que me pasara a mí no se podría responder
por la vida de un solo extranjero en esta tierra…Sé perfectamente mi posición y
debe aconsejarle a lord Aberdeen que es él quien debe meditar bien las
consecuencias de una política de intervención”. Le advirtió que ante una
eventual invasión “las guerrillas circundarían la ciudad y bien pronto los
obligaríamos a ustedes a rendirse por hambre”
Los
diplomáticos de Francia e Inglaterra intimaron a Rosas para que las tropas
argentinas evacuaran la banda Oriental,
que el almirante Brown levantase el bloqueo a Montevideo y se reconociese la
libre navegación de los ríos interiores de la Confederación. Rosas expidió los
pasaportes a los ministros Deffauds —representante de Francia— y Omseley —de
Inglaterra— que venían a solucionar el conflicto por la diplomacia o por la
fuerza.
El
18 de setiembre de 1845 se declaró el bloqueo anglo-francés a nuestros puertos,
cuya escuadra bombardeó y se apoderó de Colonia y Martín García.
Contaban
con la ayuda de los unitarios, encabezados por Paz, que intentó sin éxito tomar
Santa Fe, y una banda de mercenarios que, al mando de Garibaldi, atacaron
Gualeguaychú y siguieron saqueando distintos puntos de la zona.
Fue
fuerte entonces la resistencia nacional a la agresión. Rosas rompió relaciones
con Francia e Inglaterra. Puso las tropas al mando del general Mansilla, su
cuñado y hombre de confianza, una fuerza compuesta por 2.500 soldados, entre
infantes, jinetes y artilleros. En la Vuelta de Obligado, como refuerzo para
impedir el avance de la flota invasora, Mansilla hizo tender de costa a costa 3
gruesas cadenas.
El
20 de noviembre de 1845, la fuerza invasora lanzó su ofensiva. Lucio Mansilla
en su proclama instó a que tremolara “en el
Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo
bajar de donde flamea”. Se combatió durante casi 8 horas. A las 3 de la tarde
los argentinos estaban casi sin municiones. Hubo acciones heroicas de los combatientes,
a pesar de lo cual, debido a la superioridad en buques y armamentos los agresores
pudieron pasar. Sin embargo, tanto a la ida como al regreso de su excursión al
Litoral y Paraguay fueron permanentemente hostigados desde todo punto favorable
que ofreció el Paraná.
Rosas expresó su adhesión al derecho internacional,
por el cual los países por donde pasaban ríos interiores tenían derecho de reglamentar
su navegación, obteniendo la adhesión de las naciones americanas.
Los
ingleses abandonaron el Paraná a mediados de 1848 y enviaron un representante
para negociar acuerdos de paz. El 24 de noviembre de 1849 se suscribió el
tratado, quedando nuestra navegación fluvial únicamente sujeta a nuestras leyes
y reglamentos. Las tropas argentinas se retirarían de la Banda Oriental y los
extranjeros residentes en Montevideo dejarían las armas. El 31 de agosto de
1850 se regularizaron las relaciones con Francia mediante el convenio Arana-Le
Pedour.
Las
potencias europeas reconocieron nuestra soberanía sobre los ríos, se obligaron a evacuar la isla de Martín García,
devolver los buques argentinos que estaban en su posesión y saludar el pabellón
de la Confederación Argentina con 21 cañonazos, en desagravio a la bandera de
nuestra patria. Sonaron los cañonazos y las escuadras de las dos naciones más
poderosas de la tierra partieron.
Estos
tratados representaron un triunfo notable para la Confederación Argentina, que
tuvo resonancia continental.
Hasta
la batalla de la Vuelta de Obligado la prensa del mundo apenas se había ocupado
de la Argentina. A partir de allí se hizo conocer y respetar como el país que
se había atrevido a resistir a las escuadras más poderosas del mundo.
San Martín legó su sable corvo a Rosas “como una prueba de la satisfacción que como argentino
he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República ante
las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos”
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