Mario Méndez—
No fui amigo de Daniel Rabinovich, como no lo
soy de ninguno de los integrantes de Les Luthiers. Claro, me hubiera encantado.
Soy, sí, un devoto admirador, un seguidor, un fan. Por eso, la triste noticia
de la muerte de Rabinovich la sentí como se siente la noticia de la muerte de
un ser querido de manera muy especial, esos que nunca conoceremos más que desde
lejos, pero que tenemos en el alma. Lo mismo me pasó con Cortázar, en el ‘84,
cuando mi vieja me llamó por teléfono a la casa de una amiga para decirme “se
murió ese escritor que te gusta”, o con Fellini, cuando de pronto me di cuenta
que ya no esperaría nuevas genialidades, o con Spinetta, hace tan poco.
Hace tres años, en 2012, escribí para el blog
Libro de arena esta cronología que no quiero tocar, esta suerte de línea de
tiempo personal, entre Les Luthiers y yo. La vuelvo a compartir, ahora en unoytres, con un agregado, el del 21 de
agosto, que no hubiera querido poner jamás.
Les Luthiers: una personalísima línea
de tiempo
 |
| Daniel Rabinovich |
1975:
yo tengo diez años recién cumplidos cuando en
el verano, hace ya casi cuarenta años, mi viejo me llevó al Neptuno (¿o
era el Rex?) a ver a Les Luthiers, en mi Mar del Plata natal. No me lo olvidé
nunca: ese es uno de mis mejores recuerdos de la niñez.
1982:
cuarto año del secundario, ya tengo dieciséis, ya pasó la locura militar en
Malvinas y ya pasó, con más pena que gloria, el mundial de España. A mí me
gusta una chica del curso, Adriana Villalón. Ella (que no lo sabía ni lo supo
nunca), me prestó dos discos: uno de Gilberto Gil, otro de Les Luthiers, muy
viejo. ¡Como no me animé a decirle nada!: si antes me gustaba, después de que
me pasó el long-play de Les Luthiers me enamoré como loco.