Mauricio Epsztejn––
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| Revolución de la alegría |
El segundo turno que definió la elección presidencial en
Argentina ya pasó y dejó un ganador, por estrecho margen, pero así lo determina
la legalidad vigente y todo el mundo debe acatar. Tal fue la conducta de los
perdedores y, si aspiran a una revancha deberán esperar el próximo turno.
Ahora se abre una etapa en que quienes no comparten la
visión del mundo del ganador, reflexionarán sobre lo sucedido, aunque no sean
militantes orgánicos del espacio derrotado. Esta nota intenta hacer su aporte
en esa dirección.
Para los distraídos o ingenuos que dudaban sobre los dos
proyectos de país que estaban en juego durante la reciente disputa electoral,
los hechos posteriores al 10 de diciembre los deben haber despabilado con el contundente
aterrizaje sobre una realidad sin maquillajes que a partir de entonces vienen
descubriendo. Eso no significa pensar que quienes en noviembre votaron en
amarillo lo hicieron engañados, porque no lo fueron –ya que el macrismo y sus
aliados de Cambiemos nunca ocultaron lo fundamental de su ideología–, ni que ahora
mágicamente cambien de opinión y le retiren la confianza, firme o tímida, que depositaron
en el gobierno consagrado por las urnas.








