Osvaldo
Riganti—
Hace
exactamente un año desde las páginas de unoytres evocábamos un nuevo
aniversario de una de las principales realizaciones de la llamada Gran Década,
o sea la de estatización de los ferrocarriles. Y en base al penoso recorrido en
la materia que se inició con la llamada Revolución Libertadora de Aramburu y
Rojas y después el Plan Larkin con Frondizi, hasta desembocar en las graves
consecuencias padecidas por años de extravío y negociados en las políticas
realizadas, cerrábamos la nota diciendo que “urge ponerle fin” al estado de
cosas imperante.
Decía
Scalabrini Ortiz: “Los ferrocarriles constituyen la llave fundamental de una
nación. La economía de la nación, pública y privada, el equilibrio de las
diversas regiones que la integran, la actividad comercial e industrial, están “íntimamente
vinculadas a los servicios públicos de comunicación y transporte”
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| La Porteña |
El
primer ferrocarril fue explotado por una compañía privada formada por socios
argentinos, la “Sociedad del Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste”,
autorizada por un decreto de 1853.
En 1854
el gobierno de Urquiza proyectó la construcción de una línea de Rosario a
Córdoba, pero terminó acordando una concesión al inglés Buschental, que con
otros capitalistas ingleses formó en Londres la Compañía de F.C. Argentino, luego
Mitre. Urquiza le garantizó a los contratistas una ganancia anual del 7,5% y les
regaló una legua de campo a cada costado de la vía en el marco de expropiaciones realizadas a
los legítimos dueños criollos.





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